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ANONIMA - 03 None of the material published by Reino.org is copyright-protected. However, all material quoted from other sources is covered by their copyrights and must be used accordingly. |
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Dios mío, esto no
puede ser!, Esto tiene que ser la verdad, ¡es imposible que me hayan estado
engañando durante 22 años de mi vida! ¡Esto tiene que ser otra prueba de Satanás
por lo cerca que está el fin! Esas eran mis palabras una y otra vez, cuando
después de 22 años de servicio en la organización de los Testigos de Jehová,
comencé a investigar la cronología que estos utilizan para apoyar su fecha tan
crucial: 1914. Todo se venía abajo, como un castillo de naipes, si esta fecha era falsa, Cristo aún no había vuelto, y no estábamos en el tiempo del fin. Pero surgían más dudas: Si Cristo aún no había vuelto, entonces no había nombrado al “Esclavo Fiel y Discreto”, sino que se habían nombrado ellos mismos, y que yo había sido un seguidor de hombres durante casi toda mi vida. Pero no, esto era demasiado para mi mujer y para mí, yo tenía que estar equivocado, pero aún así no quería demostrarle a ningún “hermano” que yo dudaba, pues no quería ser tachado de apóstata. Mi mujer me dijo que hablara con su hermano, que seguro que él me demostraba que yo estaba equivocado, pues sabía bastante de historia. Tras hablar con mi cuñado (también Testigo de Jehová), este no pudo más que asombrarse ante lo que yo le enseñaba, y reconocer que yo tenía razón. Pero aún mi mujer y yo no nos dábamos por vencidos, así que fuimos a hablar con un anciano con el que teníamos bastante confianza y sabríamos que mantendría nuestra conversación en secreto. Este anciano era muy conocido debido a que siempre discursaba en las Asambleas. Su profundidad en los temas de profecías asombraba a muchos. Mi mujer estaba segura de que este anciano me demostraría que yo estaba equivocado. Tras enseñarle lo que yo había investigado me dijo: “¿Sabes cuál es el problema? Has investigado mucho, por eso te has dado cuenta, pero no se lo digas a nadie”. Esa noche se nos cayó el mundo encima… Pero para que entiendan mejor lo que me llevó a investigar y lo que pasó a continuación voy a empezar por el principio... Mi madre conoció “la verdad” cuándo yo sólo contaba con cinco añitos. Desde entonces mi madre, mis hermanos y yo, empezamos a ir al salón. En ese entonces mi padre se opuso a que mi madre estudiara la Biblia con los Testigos, pero yo convencí a mi padre para que dejara a mi madre estudiar la Biblia y que nos dejara a todos ir al salón. Mi padre accedió, pero nunca quiso entrar en esa organización. Comencé a predicar a los 6 años, y como mi madre me había enseñado a leer y escribir desde los 3 años, no me costaba presentar las publicaciones de la “Sociedad”, y antes de cumplir los 7 ya me había aprendido los nombres de los 66 libros de la Biblia. Con el pasar de los años, mis padres se separaron (la religión fue la piedra de toque). Yo, que contaba entonces con 14 años, me fui a vivir con mi padre, y estuve unos meses sin ir al salón. No mucho después, a comienzo de los noventa uno de mis hermanos comenzó a darme un estudio bíblico semanal, diciéndome que el Armagedón iba a venir de un momento a otro, seguramente en ese año (1991). En aquel entonces ya había terminado los estudios básicos y comenzaba la enseñanza secundaria. Estalló la “guerra del golfo” y más me asusté ante la inminencia que se anunciaba del Armagedón. Por ese entonces, yo volvía a asistir regularmente a las reuniones, y aunque la guerra terminó pronto y no sucedió nada, mi fe iba en aumento. Dejé de asistir al instituto, porque desde la plataforma se recalcaba constantemente que los jóvenes no debíamos de hacer la enseñanza secundaria, ya que el fin estaba muy cerca, pues las personas de la generación de 1914 ya estaban muy mayores, y estas tenían que estar vivas para ver el fin de este sistema, por lo que estudiar enseñanza secundaria y hacer una carrera no tenía sentido, y era considerado como falta de fe. Para que mi padre no testigo no se enfadara conmigo por haber abandonado el instituto, me puse a hacer cursos para desempleados y las tardes que no había reunión me iba a predicar. Pronto estaba predicando un promedio de entre 45 y 60 horas mensuales, y debido a mi interés por ayudar a otros, y vencer objeciones en la predicación me leía muchos temas del libro “Razonamiento”, y folletos como el de “La Trinidad”, así podría aprenderme los textos bíblicos que necesitara en la predicación. Por aquel entonces, aunque todavía no me había bautizado, tenía muchísimas revisitas y dirigía varios estudios bíblicos, a los cuales les recalcaba la cercanía del fin, debido a que la generación de 1914 estaba ya en una edad muy avanzada. Poco antes de bautizarme, me vino la primera duda: Recuerdo que mirando la portada de unas revistas antiguas de “Despertad”, al comienzo de la misma, en donde se mencionaba el propósito de dicha revista, me di cuenta que esta mencionaba que la voluntad de Dios era la de establecer un nuevo mundo pacífico y seguro durante la generación que vio los acontecimientos de 1914, mientras que en los “Despertad” más recientes, la palabra durante se había cambiado por “antes de que desaparezca”, por lo que vinieron a mi mente las palabras de Santiago 1:17, en donde se menciona que con Dios no existe la variación del giro de la sombra, es decir, que con Dios no hay el más mínimo cambio de opinión. Por ello me chocó que el Creador fuera modificando su promesa a medida que pasaba el tiempo, pues de prometer que lo haría durante, ahora prometía que lo haría antes de que desaparezca, por lo que no me fue difícil pensar en ese momento que esta promesa se podría seguir modificando con el paso de los años, hasta el punto de cambiar por completo, no obstante, me quité rápidamente ese pensamiento de la mente, pues estaba seguro de que había sido Satanás el que me lo había implantado. Al poco tiempo me bauticé, en 1992. Con el paso del tiempo, en noviembre de 1995, hubo un nuevo entendimiento sobre la generación de 1914, y me acordé de lo que yo había pensado unos años atrás, no obstante, lo acepté con humildad, y me quité rápidamente cualquier pensamiento negativo de la cabeza. Los dos chicos a los que les daba el estudio de la Biblia por aquel entonces, dejaron de estudiarla, pues sus expectativas de un fin inminente se desvanecieron. Yo seguía leyendo y profundizando en los libros de la Watchtower, sobre todo me gustaban los que hablaban de profecías. De tanto que me gustaban esos temas, ni siquiera necesitaba hacer uso de las publicaciones de la “Sociedad”, para explicar todo lo relacionado con los 7 tiempos y 1914. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que en los años que llevaba como Testigo de Jehová, me había aprendido sin darme cuenta muchísimos textos bíblicos de memoria; un día me dio por coger una libreta e ir apuntando todos los textos que me había aprendido, empezando por Mateo 24:14 y Juan 17:3. Cuando me puse a contar la lista que había hecho de memoria, la cual constaba de varias páginas, estos ascendían a cerca de 400 textos bíblicos. Mi segunda duda ocurrió cuando yo tenía unos 20 años, hablando con un “hermano”, este me dijo que cuando estaba predicando, el “amo de casa” le dijo que por qué los Testigos dicen que Jerusalén fue destruida por Nabucodonosor en el año 607AC. Me dijo que él le contestó que así lo decía la historia. Entonces el “amo de casa” le sacó un libro de historia y le enseñó que la fecha de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor según la historia fue en el año 587AC. El “hermano” me dijo que se quedó sin respuesta. Preferí ni siquiera pensar en el tema, pensando que se trataría de algún error del libro del “amo de casa”… Me gustaban las experiencias que leía en las publicaciones de la “Sociedad”, sobre todo aquellas en las que se “veía” la mano de Jehová protegiendo a algún siervo suyo, hasta que un día ocurrió algo que me hizo cuestionarme la exactitud de las experiencias que se contaban en los discursos públicos y multitud de publicaciones… Sucedió un domingo en una Asamblea de Distrito, en todas las Asambleas yo trabajaba como acomodador, llevaba ya varios años realizando ese trabajo, a pesar que para ello tuviera que estar hasta dos horas y media antes en la Asamblea, para poder estar en mi puesto antes de que se abrieran las puertas. Ese domingo de agosto, que como todos los meses de agosto hacía un calor abrasador, yo ya llevaba más de dos horas trabajando de acomodador, teniendo que llevar puesta la chaqueta, a pesar del calor. Mi función en esa asamblea era la de impedir que la gente joven se sentara en la zona reservada para la gente mayor, y la controlar una escalera que yo tenía asignada, para impedir que los “hermanos” se detuvieran en medio de la misma obstaculizando la fila de los que subían por la misma. Recuerdo de ver al acomodador responsable de esa zona, gritar literalmente en más de una ocasión, pues después de más de dos horas y con ese calor, era difícil seguir teniendo autodominio, al ver a tanta gente joven desobedecernos y sentándose en la zona reservada a la gente mayor. Recuerdo a un “hermano” de mi congregación, que servía de acomodador muy cerca de mí, el cual no pudo aguantar el reírse al ver a nuestro responsable (un hombre tan tranquilo), gritando literalmente. De repente ante toda esta parafernalia, la fila que circulaba en la escalera de la que yo era responsable, se detuvo. Había un “anciano” (de congregación) en medio de la escalera, hablando con otra persona. Me dirigí a ese “anciano” y le pedí por favor que circulara, que estaba deteniendo a la fila entera. El anciano me dijo que sí, y siguió circulando. Volví a mi puesto, y la fila volvió a detenerse. El mismo “anciano”, estaba hablando otra vez con otra persona, la verdad es que sabiendo lo que le acababa de decir, me asombró que hubiera vuelto a hacer lo mismo. La gente se estaba quejando porque la fila no se movía, y tuve que volver a dirigirme al anciano y nuevamente pedirle por favor que circulara, que estaba deteniendo la fila y no quería que el responsable de la zona me llamara a mí la atención. Volvió a circular y yo volví a mi puesto. Por tercera vez, se detiene la fila, la gente se veía muy alterada, en vista de que la fila no avanzaba. Al mirar la causa, volvía a ser el mismo “anciano” el que nuevamente detenía la fila hablando con otra persona. No daba crédito a lo que veían mis ojos… El responsable al ver que la fila estaba detenida y que había gente quejándose, me hizo señas para que hiciera algo, pues la fila llevaba un rato sin apenas moverse. Por tercera vez, me dirigí a ese “anciano” y le dije: “Por favor hermano, haga el favor de circular, pues es la tercera vez que esta fila se detiene por su culpa y ya me han llamado la atención”. Se ve que al “anciano” no le hizo mucha gracia el que un simple acomodador le llamase la atención, y me dijo que no hacía falta que le dijera más nada, que con mi actitud demostraba que no capacitaba para servir de acomodador. La verdad es que no daba crédito a lo que oía, pero volví a mi puesto intentando olvidar lo que había ocurrido. El “hermano” que servía de acomodador muy cerca de mí, vio todo lo ocurrido y se quedó asombrado al ver la actitud del anciano y lo que me había dicho. No satisfecho el anciano, le vi dirigirse al responsable y hablando con él señalando hacia mí (no creo que estuviera alabándome), pero lo cierto es que el responsable no le hizo el más mínimo caso, porque no me mencionó nada. Con el paso de unos meses, ese “hermano” de mi congregación que estaba de acomodador cerca de mí, se fue de vacaciones. Un domingo, en la congregación a la que este hermano asistía en sus vacaciones, se daba un discurso público que trataba sobre las responsabilidades con las que tenemos que cumplir los cristianos. En el discurso se contó una experiencia de una persona que “no supo cumplir con su responsabilidad”. La experiencia, según me contó ese hermano, se contó de la siguiente manera: “Hace poco, en una Asamblea de Distrito celebrada en (mi localidad), había un “anciano” muy querido que mientras subía por unas escaleras en la Asamblea, inconscientemente se paró a hablar con una persona deteniendo así la fila de “hermanos” que subían detrás de él. Había un acomodador asignado a esa fila, y al ver a aquel “anciano” hablando y deteniendo la fila, perdió los estribos, se alteró y airadamente llamó la atención a aquel “anciano” tan querido en (mi localidad). Evidentemente, aquel acomodador no supo cumplir con su responsabilidad.” Constantemente, según me contó el hermano, en el discurso se enfatizó el deber de todo cristiano de cumplir con sus responsabilidades, y no seguir el ejemplo de aquel acomodador, que teniendo una responsabilidad, no supo cumplir con ella. El “hermano” que me contó lo sucedido, me dijo que cuando terminó la reunión abordó al discursante para decirle que él conocía personalmente al acomodador que este había mencionado en la experiencia, que había presenciado personalmente también lo que él había contado en el discurso, no siendo lo sucedido como allí se había contado, sino que estaba totalmente sacado de contexto y tergiversado. La verdad es que me dolió bastante, sobre todo el pensar en cuántas congregaciones se me habría utilizado como ejemplo a no imitar (se ve que a aquel “anciano” le molestó tanto el que un simple acomodador le llamara la atención, que se encargó de que se le desprestigiara por multitud de salones mediante discursos públicos). Entonces no pude evitar el pensar: ¿Cuántas experiencias de las que cuenta la “Sociedad” en discursos o en sus publicaciones no estarán también sacadas de contexto y tergiversadas para enseñar lo que a ellos les interesa? Rápidamente me quité esa pregunta de la cabeza y aunque me dolió lo sucedido, no permití que esto afectara a mi fe, todo lo contrario, hacía el “precursorado auxiliar” (60 horas por aquel entonces), con mucha frecuencia. Cuando yo contaba con unos 22 años, nombraron anciano a uno de mis hermanos (carnales), con el que estudié la Biblia. Este, más que a un hermano, yo lo veía como un amigo, mi mejor amigo. Para mi sorpresa, y contra toda razón, tras su nombramiento como “anciano”, comencé a vivir un auténtico calvario. Yo vivía sólo con mi padre, por lo que en mi casa no tenía el más mínimo apoyo espiritual, pues como dije antes, mi padre nunca quiso ser Testigo de Jehová, aunque respetaba el que yo lo fuera. De repente, al poco tiempo del nombramiento de mi hermano (unas dos semanas), fui removido de todos mis privilegios (sonido, micros, asignaciones). Le pregunté a mi hermano que por qué habían hecho eso conmigo, si nunca faltaba a las reuniones y siempre había tenido un buen promedio de horas, y se suponía que uno era removido de sus privilegios cuando había hecho algo malo y era censurado. Para mi sorpresa me respondió que me habían quitado todos los privilegios para ver cómo reaccionaba si perdía los privilegios. Le comenté que no lo veía justo, que por qué no les quitaban los privilegios a los hijos del otro anciano, los cuales disponían de varios privilegios de servicio. Me contestó que no tenía que fijarme en los demás y que estaba viendo que yo no estaba reaccionando bien. Me afectó tanto que mi propio hermano me hiciera eso, que comencé a reunirme durante varias semanas en otra congregación. Mi hermano me llamó por teléfono para ver por qué no me reunía (pues él creía que yo no me estaba reuniendo). Le dije que por favor, me dejara tranquilo. Él me dijo que no podía estar así y que lo mejor era que escribiera la carta y me desasociara. Le respondí que por favor, no volviera a llamarme. Parecía que estaba viviendo una pesadilla, y fue “gracias” al ánimo de unos “hermanos” que se preocuparon por mí, que no abandoné “la verdad”, pues pienso que el golpe que recibí por parte de mi hermano quizás hubiera sido decisivo para otro. A pesar de todo, pensé que todo esto era otra prueba de Satanás para que abandonara “la organización de Dios”, y recordando Proverbios 27:11, procuré actuar sabiamente a los ojos de Jehová y no abandonar su organización. Pero mi hermano no se daba por vencido, quería asegurarse de que yo no progresara en la congregación. Al contrario pasaba con la familia de su mujer, pues todos progresaban de manera asombrosa, un ejemplo fue el cuñado de mi hermano, pues este llevaba más de un año sin “reunirse”, y ni siquiera nos saludaba (a los testigos) cuando íbamos predicando por la calle. De repente, un día comenzó a ir al salón, y en cuestión de menos de dos semanas, era el “hermano” que más privilegios tenía dentro de la congregación, pero como mismo comenzó a “reunirse”, dejó de hacerlo y estuvo otro año sin “reunirse” y sin saludar a los testigos. Otra vez, volvió y volvió a ser en unos días el “hermano” que más privilegios tenía dentro de la congregación (los hermanos le llamaban el enchufado, o el hijo pródigo, porque sólo con él “preparaban el torillo cebado” y le daban “la mejor túnica” cuando regresaba después de tanto tiempo). Poco tiempo más tarde, llegó a la congregación la hermana de la mujer de mi hermano, con su marido (“anciano”, como mi hermano) ambos ancianos con unas mujeres que además de ser hermanas entre sí, tenían muchísimo carácter, e influían lo impensable en sus maridos. En poco tiempo el hermano de estas (el hijo pródigo) era nombrado “siervo ministerial” (actualmente lo han nombrado anciano). Mientras, yo seguía aguantando todo un calvario. Por aquel entonces, mi madre se había desasociado de la organización, y había sufrido un accidente de coche que la había dejado prácticamente inútil de la mano derecha (ella era diestra). Aunque en aquel entonces yo había comenzado unos estudios de marketing, me puse también a trabajar por las noches de reponedor (merchandising), para poder ayudar económicamente a mi madre. La verdad es que entre las clases que me comenzaban a las 8 de la mañana, las reuniones, la predicación, y el trabajo nocturno, malamente tenía tiempo para descansar, y debido al estrés, cuando me acostaba de madrugada, me daban ataques de ansiedad. Sin embargo, cuando mi hermano se enteró de que yo mantenía contacto con mi madre e iba a verla, me dijo: Que yo no me entere de que vuelves a ir a ver a mamá, porque como me entere, te puedo asegurar que te expulsamos. Mi conciencia no me permitía dejar de ir a ver a mi madre, y no tuve miedo de la amenaza de mi hermano, así que seguí yéndola a ver sin que mi hermano pudiera hacer nada al respecto. Al final pude dejar el trabajo de reponedor, pues a mi madre le concedieron una paga por minusvalía, y como disponía de más tiempo libre, me hice precursor auxiliar de contínuo. Unos meses más tarde, comencé a salir con la que sería mi mujer. A mi hermano esto le sentó bastante mal, e intentó convencerme de que esa chica no me convenía. En varias ocasiones me intentó convencer diciéndome que mi novia (en aquel entonces) seguramente me dejaría y se iría con otro. Y yo le dije que lo dudaba mucho, y que él no era Dios para conocer el futuro. Poco tiempo más tarde, fue la visita del “superintendente de circuito”, y como todo Testigo de Jehová sabrá, los nombramientos (ministerial, anciano), siempre se anuncian pocos días después de la visita del mismo. Recuerdo que muchos hermanos me decían que seguro que para esta visita me nombrarían “siervo ministerial”, aunque yo no esperaba nada. Pasó la visita y más o menos una semana más tarde, mi hermano me llamó aparte en el salón del reino. La conversación fue así: Hermano - Como habrás visto, no te hemos recomendado en esta visita para “siervo ministerial”. Yo - Tampoco yo lo esperaba, pues si soy precursor, no lo hago por esperar algo a cambio. Hermano - Pues te diré por qué no te hemos recomendado. Yo - Si es por algo en lo que yo pueda mejorar dímelo. Hermano - No te hemos recomendado para “siervo ministerial” porque no has demostrado tener juicio sano. Yo - ¿No he demostrado tener juicio sano? ¿En qué sentido? Hermano – Me he enterado de que aveces has llegado a casa de Papá después de las 11 de la noche. Yo – Como sabrás, la distancia que hay entre mi casa y la de mi novia, es de aproximadamente una hora en coche, de modo que si llego a casa de mi padre a las 11:15 pm, estaré saliendo de casa de mi novia a las 10:15 pm aproximadamente. Hermano – Pues tendrás que sacrificarte más, y por si no lo sabes, una persona que no demuestra tener juicio sano, no califica ni siquiera para hacer una oración en la congregación. En aquel entonces llevaba más de 6 meses sin hacer una oración pública, y en ese momento conocí aunque ya lo suponía el verdadero motivo: mi hermano. Aunque sinceramente, y como me dijo un hermano maduro de la congregación al que le conté lo sucedido: “si no hubiera sido por eso, tu hermano se habría inventado otra cosa para no recomendarte”. Con el pasar de los meses, mi mujer y yo nos casamos, y aunque en un principio mi mujer creía que yo exageraba cuando le contaba del favoritismo que mi hermano y el otro “anciano” mostraban hacia la familia de sus mujeres, y del ensañamiento que había tenido mi hermano conmigo; entonces mi mujer empezó a verlo también con sus propios ojos. En las demostraciones siempre salían la mujer de mi hermano, la hermana de la mujer de mi hermano (cuyo marido también era anciano), y las amigas íntimas de ellas, en total 5 mujeres. Por lo visto nadie más calificaba para hacer demostraciones. Yo ya había terminado mis estudios de marketing, y muy a pesar mío, había visto como la sociedad Watchtower empleaba todas y cada una de las técnicas de marketing que yo había estudiado. Un ejemplo de ello era la prohibición del uso de la barba, pues una de las técnicas de marketing para vender mejor los productos es que el vendedor no lleve barba, pues psicológicamente, puede influir negativamente en la venta. ¿Quién ha visto a un vendedor con barba en el Corte Inglés? A pesar de ver todo eso, y de que en mi trabajo (relacionado con el marketing) tenía que desarrollar gran parte de las tareas que se desarrollaban en la congregación, a pesar de eso, tampoco dejé que este hecho influyera negativamente en mí. Por aquel entonces, como había un tercer “anciano” en la congregación, se me volvieron a dar privilegios en la congregación, y mi mujer y yo pensamos que por fin la cosa iba a empezar a cambiar. Pasaron unos meses desde que yo volvía a tener privilegios en la congregación, se marchó el tercer “anciano”, y mi hermano y el marido de su cuñada volvieron a quedarse solos (y digo “volvieron”, porque el único “anciano” que servía en mi congregación, y que recomendó a mi hermano para el puesto de “anciano”, dimitió misteriosamente de su puesto pocas semanas después). Había por esas fechas un día especial de Asamblea, y yo iba a trabajar en esta de acomodador. Este día caía un sábado, y el viernes yo tuve reunión. Para poder librar ese fin de semana y poder asistir ese sábado a la Asamblea, había tenido que cambiar mis días libres con otro compañero del trabajo y llevaba diez días sin trabajando sin librar. Aquel viernes por la noche, tras finalizar la reunión, todos los “hermanos” de mi congregación que íbamos a servir de acomodadores nos reunimos en la sala de la “2ª escuela”. La reunión se estaba demorando bastante en comenzar, cuando de pronto, vinieron los dos “ancianos”, y me dijeron que si podía salir un momento. Extrañado, les acompañé. Nada más salir yo, comenzó la reunión de los acomodadores. En la sala de al lado, mi hermano y el otro “anciano” (marido de la hermana de su mujer), me dijeron que me había cortado el pelo como un “mundano”, y que por lo tanto no calificaba para servir al día siguiente en la Asamblea como acomodador. Nuevamente no daba crédito a lo que oía. Les dije que cómo me decían eso, si llevaba muchos años usando el mismo corte de pelo. Me dijeron que no se habrían fijado. Les dije que me sorprendía bastante, con los años que yo llevaba en la congregación, y que sinceramente, no entendía ese punto de vista. Literalmente me dijeron: “La sumisión consiste en eso, en obedecer sin entender”. Cuando salí de allí y se lo conté a mi mujer, esta se quedó atónita, pero esa era la cruda realidad. Al día siguiente pese a lo mal que me sentía, fui a la Asamblea, y muchos hermanos me preguntaron que por qué no me ponía de acomodador. Yo les dije que prefería no decirles nada, aunque todos los que me preguntaron me dijeron también que se habían dado cuenta de que los “ancianos” me sacaron de allí para que diera comienzo la reunión. Durante toda la Asamblea, mi mujer y yo nos encontramos varias veces con los “ancianos”, y estos no se acercaron ni una sola vez a nosotros a saludarnos, todo lo contrario, intentaban descaradamente hacer como que no nos veían. Cuando terminó la Asamblea, un “anciano” de otra congregación, me pidió que le ayudase en algunas tareas teocráticas. Así hice, y recuerdo de ver a mi hermano mirándome cuando yo ayudaba al otro “anciano”. Cuando terminé, le dije al “anciano” al cual estaba ayudando que necesitaba hablar con él. Le conté lo que me había sucedido con mi hermano y el otro “anciano” de mi congregación. Este “anciano” no daba crédito a lo que yo le decía, pues yo soy bastante moreno, y tengo el pelo muy rizado, por ello cuando me lo corto suelo llevarlo pequeño, pero sin escalones. El “anciano” sacó entonces la Atalaya que se había considerado en la Asamblea y me enseñó unas fotos que habían en esta de unos “hermanos” morenos que saliendo en la revista, llevaban el pelo todavía más corto que el mío. Entonces este “anciano” me preguntó: “¿No tendrán tu hermano y el otro anciano algo personal contra ti?”. Y era lógico de pensar, pues había en mi congregación un “hermano” con el pelo mucho más corto que el mío y sin embargo, él sí estaba trabajando como acomodador. El “anciano” me recomendó que hablara el asunto con mi hermano, pues según sus palabras, mi hermano y el otro “anciano”, habían mostrado conmigo un punto de vista irracional. Preferí no hablar el asunto con mi hermano, pues sabía que si lo hacía tomaría represalias contra mí. Sinceramente, yo ya estaba aburrido de mi hermano, y hay muchas cosas que me hizo, tan fuertes como las descritas anteriormente, pero que he omitido para no alargar mucho esta experiencia. Mi mujer y yo por lo tanto, tomamos la decisión de mudarnos. Hasta ahora estábamos de alquiler, pero pudimos comprarnos un piso, y comenzamos a asistir a otra congregación. Aproximadamente a las dos semanas de mudarnos, estaba viendo por televisión un documental que hablaba sobre Jerusalén, y en este se mencionó que esta ciudad fue destruida por Nabucodonosor en 587AC. Inmediatamente recordé lo que me había comentado un hermano sobre esa fecha unos años antes. En ese momento me vinieron dudas serias a la mente sobre si la sociedad Watchtower estaba o no equivocada en esa fecha. Intenté quitármelo de la cabeza, pero me despertaba por las noches pensando siempre en qué pasaría si la fecha del documental fuera correcta. Todo lo referente a 1914 se desmoronaría, pues significaría que como la fecha de partida de los 2520 años estaba equivocada, también lo estaría la fecha la fecha en la que estos terminaban. Lo cual a su vez significaría que Cristo no había regresado todavía, y que el “esclavo fiel y discreto”, del cual yo acataba todas y cada una de sus directrices como si del mismo Jesucristo se tratase, eran hombres como yo, que se habrían nombrado a sí mismo amos sobre otros hombres (Ecl. 8:9; Jer. 17:5; Sal. 146:3,4) Era demasiado fuerte para mí, pero yo no era un ordenador, del cual borras una información que no te gusta y ya no vuelves a recordarla. Hablé del tema con mi mujer, y le dije que iba a investigar, comenzando por libros de historia. Mi mujer no se lo tomó muy bien, pero le dije que si eso era la verdad, entonces me convencería más que nunca, pues la verdad es una sola, y nada puede echarla abajo, pues no pueden haber dos verdades sobre un mismo asunto. Comencé por libros de historia, viendo que no podía encontrar ninguno que apoyara la fecha que dice la sociedad Watchtower para la destrucción de Jerusalén, todos la fechaban en 586/7AC. No obstante, advertí que la sociedad Watchtower no sólo había cambiado esa fecha, sino que también había cambiado la del inicio del reinado de Nabucodonosor, pues en todos los libros y enciclopedias de historia en que busqué, aparecía la fecha de 605AC como inicio de su reinado, y no 624AC como decía la sociedad Watchtower, para que también le cuadrara con 607AC, ya que según la Biblia, Nabucodonosor destruye Jerusalén en el año 19 de su reinado (2Rey.25:. ¿Es que todos los historiadores estaban equivocados? Tenía que salir de dudas, no podía creérmelo, así que inicié un profundo estudio de cronología utilizando las mismas publicaciones de la sociedad Watchtower, y para mi sorpresa, con esas mismas publicaciones tenía pruebas de sobra para demostrar que Jerusalén fue destruida en 587AC y no en 607AC como afirma la Watchtower. Entonces sucedió lo mencionado al principio de esta experiencia, hablé primero con mi cuñado, después con un “anciano” (el mismo que me había preguntado si mi hermano tenía algo personal contra mí), y tras su respuesta de que me había dado cuenta por haber investigado mucho, y que no se lo dijera a nadie; tras esa conversación dejamos de reunirnos. Poco tardó mi hermano en llamarnos a casa, pues los “ancianos” de la congregación donde acabábamos de empezar a reunirnos, devolvieron nuestras tarjetas de publicadores a nuestra antigua congregación, pues todavía no se había leído desde la plataforma la “carta de presentación”, por lo que en teoría, seguíamos perteneciendo a la congregación de mi hermano. Yo le dije esa noche a mi hermano que había visto cosas que me habían hecho tomar la decisión de dejar de reunirme. Sus primeras palabras fueron que si esa era mi decisión, que escribiera una carta para desasociarme, pero yo le dije que en ningún momento yo le había mencionado nada de que me fuera a desasociar. Le dije que si quería que le hablara del tema, que fuera al día siguiente por mi casa, y le comentaría lo que había visto. Él me dijo que iría con el otro “anciano” (el marido de su cuñada), y yo le dije que no, que o iba él sólo, o no iba nadie, que yo quería hablar con él como mi hermano carnal que era, y no como quien habla a un “anciano”. Al día siguiente, mi hermano apareció, pero no por mi casa, sino por mi trabajo, yo le dije que enseguida terminaría la jornada y que fuera conmigo a mi casa. Él no quería ir a mi casa (a día de hoy, mi hermano todavía no ha visto mi casa). Le dije que ya que no quería ir a mi casa le comentaría lo que había visto. Le conté todo, y no me supo dar respuesta a nada, pero esa conversación terminó con las siguientes palabras de parte de mi hermano: “Bueno, pues si has visto eso, ya sabes lo que tienes que hacer…” Le pregunté que qué es lo que tenía que hacer. Su respuesta fue: “Quedarte callado, y no decirle nada a nadie”. Me dijo además que yo no era nadie para decir una cosa que aún no hubiera dicho el “esclavo fiel y discreto”, que no importaba que yo tuviera razón, pues si me atrevía a pronunciar una palabra adelantándome al “esclavo”, estaría pecando de presunción, y eso era un pecado muy grave. Yo le dije que me amparaba en la Biblia, concretamente en el capítulo 14 de Romanos, y por consiguiente, yo en conciencia, no podía digerir ese alimento como lo presentaba el “esclavo fiel y discreto”, y que como mismo decía el apóstol Pablo en ese pasaje, él no era nadie para juzgarme, pues el que juzgará es Dios por medio de su Hijo (Juan 5:22). Le dije que dadas las circunstancias, mi conciencia no me permitía ir a unas reuniones a escuchar cómo se me enseñaban cosas que yo sabía que no eran ciertas, y que mi conciencia tampoco me permitía ir de casa en casa enseñando algo que yo había descubierto que era falso, que si su conciencia se lo permitía era problema suyo, pero que él no era nadie para que mi libertad cristiana fuera juzgada por su conciencia (1Cor.10:29). Insistió en volver a reunirse conmigo, pero en presencia del otro “anciano”. Le volví a repetir que no. Con el paso de los días me fui dando cuenta de que todo lo referente a 1914 no tenía ningún sentido, pues eran textos totalmente sacados de contexto y unidos a la fuerza por simples argumentos humanos, alguno incluso con añadiduras, para que diga no lo que realmente dice, sino lo que la Watchtower quiere que diga (Lucas 21:24). Compré libros escritos por ex testigos (Crisis de conciencia, Manual de controversia, Los testigos de Jehová y sus especulaciones sobre el futuro), y me di cuenta de lo poco que yo había descubierto, pues realmente no sabía nada sobre todo el pasado oculto de la sociedad Watchtower y todas sus profecías fallidas. Dos meses después de la visita de mi hermano, este volvió a aparecer de nuevo en mi trabajo. Me dijo que estaba muy interesado en ir a mi casa para que le enseñara las publicaciones en donde yo había visto lo que le había dicho en nuestra primera conversación, que era una investigación bastante profunda y que yo tenía razón en lo que le había dicho. Le dije que sí, que fuera cuando quisiera. Me dijo que en este momento estaba un poco liado con los preparativos de una Asamblea, pero que antes de finalizar ese mes me llamaba para pasar él por mi casa. Me sorprendí del interés de mi hermano, pero pronto descubrí que había ido por allí simplemente para intentar que yo pensara que el tema realmente no tenía importancia y que lo comentara con más gente, pues el tiempo habló por sí mismo… Pasaron varios meses, y no volví a recibir noticias de mi hermano, cuando un día, me llamó un “hermano” muy amigo mío, de mi antigua congregación, para decirme que mi hermano y el otro “anciano” se habían pasado por su casa para interrogarle sobre cualquier conversación que pudiera haber mantenido yo con él y su esposa, lo que fuera. Él amigo mío y su esposa les dijeron que sí me habían visto, pero que sólo hablamos de cosas triviales, (salud, trabajo). Entonces ellos les preguntaron si yo les había mencionado algo relacionado con fechas. Ellos dijeron que no. Hice algunas llamadas y descubrí que mi hermano y el otro “anciano” habían interrogado a todas mis amistades, para ver si yo había hablado lo que había descubierto con alguno de ellos, pues el interés de ellos era simplemente poder expulsarme para garantizar mi silencio. Como no consiguieron ninguna prueba de lo que buscaban, enviaron a mi casa a un “anciano” de la congregación donde yo me había estado reuniendo provisionalmente. El interés de este “anciano” era solamente el que yo le repitiera algo, lo mínimo que fuera de la conversación que yo había mantenido a solas con mi hermano, para ser dos testigos y poder expulsarme al no poder yo en conciencia aceptar algunas doctrinas de la organización. Yo le dije al “anciano” que no le iba a mencionar nada, sin embargo le hice algunas preguntas de la Biblia y no supo responderme a ninguna. Me dijo que pasaría en unas semanas, para hacerme una visita con el “superintendente de circuito”. Le dije que no se molestara y que por favor, no volvieran a molestarnos a mí y a mi esposa. Unas semanas más tarde, en un intervalo unas dos semanas, muchos testigos pasaron por mi trabajo para intentar que yo les dijera algo sobre lo que nos había llevado a mi mujer y a mí la decisión de dejar de reunirnos. No le dije nada a ninguno, pues estaba seguro de que detrás de ese aparente interés estaba mi hermano y el otro “anciano”. Pasaron unos meses más y se acercaba la visita del “superintendente de circuito” a la congregación de mi hermano. De modo que mi hermano y el otro “anciano” de su congregación volvieron a la carga. Esta vez utilizando a la madre de un amigo de mi antigua congregación, la cual se prestó para llamar a todas mis amistades. El mismo “hermano” que anteriormente me había llamado, me llamó de nuevo para decirme que esta “hermana” les había llamado para decirle: “Los ancianos necesitan testigos para expulsar a --------, ¿se apuntan ustedes para testificar en su contra?” Este “hermano” le dijo que el jamás entraría en ese juego. La verdad que yo estaba como en una pesadilla que de la que nunca terminaba de despertar. Mi mujer y yo pensamos en desasociarnos, pero no quería darle ese gusto a mi hermano. Nos trataban como apóstatas, y yo sin embargo no había mencionado todavía a nadie lo que yo había investigado, de modo que uno podría preguntarse que cómo es que sin hablar del tema con nadie, mi mujer y yo estábamos catalogados de apóstatas. La respuesta es obvia, mi hermano y el otro “anciano” se encargaron de divulgarlo. De modo que comencé a llamar a mis amistades íntimas y a contarles lo que había descubierto. Algunos lloraron tras enseñarles cómo les habían engañado, y alguno ha llegado a llamarme a mi casa para darme las gracias por haberle “liberado”. Ninguno me delató. Todos los “hermanos” con los que hablé han abandonado la organización. En estos últimos meses, una semana antes de la última visita del “superintendente de circuito” a mi antigua congregación, volvió a aparecer por mi casa el “anciano” de la congregación en la que mi mujer y yo nos reunimos brevemente. Me dijo que tenía que hablar conmigo y yo le dije que lo sentía, pero que no podía atenderle. Lo último que me he enterado por boca de una hermana de mi mujer, es que los “ancianos” están al asecho esperando a que cualquier testigo diga lo mínimo que sea para poder expulsarnos, pues somos unos apóstatas. Tarde o temprano mi mujer y yo tendremos que desasociarnos, pero mientras pueda ayudar a algún otro testigo a abrir los ojos, no me desasociaré, pues bajo su ignorancia, no me hablarían. Es muy duro que todo lo que uno creía se haya venido abajo como un castillo de naipes. Que uno haya amoldado toda su vida, ajustándola a los intereses y urgencias que ha fomentado una organización que al final resulta que nos había estado engañando. Alguno en su ignorancia llegó a decir que a lo mejor mi mujer y yo estábamos buscando una excusa para marcharnos. Quien haya leído esta experiencia, sabrá que motivos tuve de sobra para abandonar la organización, pues solamente mi hermano fue motivo suficiente, ya que me hizo vivir todo un calvario, y me chocaba bastante creer que el Espíritu Santo los hubiera nombrado como “ancianos” de congregación a él y al marido de su cuñada. Si abandoné la organización fue por motivos de conciencia, pues yo creo que por lo menos en mi caso, pude aguantar todo tipo de vejaciones, pero no pude aguantar el peso de la conciencia. En mis 22 años como Testigo de Jehová, puedo también decir, que no es malo todo lo que allí se enseña. Ahí dentro hay muy buenas personas, pero el problema no está en los testigos, sino en la organización que los dirige, pues aparte de ocultar una historia llena de fracasos proféticos y doctrinas mutantes que han llegado a ser causantes de muchas muertes (por ejemplo la prohibición de transplantes de órganos), el principal problema es que no se permite el uso personal de la conciencia, pues sólo hay una conciencia en ese grupo, y es la del “esclavo fiel y discreto”. Tristemente, uno tiene que aceptar todas y cada una de sus doctrinas e interpretaciones sin atreverse a cuestionar nada o intentarán expulsarlo como han intentado conmigo. Pido al Señor que haga recapacitar a mi hermano, pues personalmente no guardo ningún rencor contra él, ya que a pesar de todo lo que sufrí por su culpa, no puedo olvidar los buenos momentos que pasé con él antes de que le nombraran “anciano”. Firmemente creo que ningún grupo religioso es exclusivo e indispensable para la salvación (Mar.9:38-40), pues esta sólo la adquirimos mediante nuestra fe en nuestro Señor Jesucristo (Jn.3:16; Jn.14:6). Animo a todos los que han sufrido de abuso espiritual por la Watchtower o por alguna otra organización religiosa, a que no achaquen a Dios su desdicha (Sant.1:13), y que tengan presentes la palabras de Pablo en (Heb.3:5,6), pues el Señor nunca nos abandonará. |
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