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CUCHO 

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Mi juventud perdida      

Era Domingo por la mañana. Miraba entretenido a mi perra que hacía cabriolas para recoger su frisbee, bajo un cálido sol de invierno. De pronto se puso nerviosa ante un grupo de personas que llamaban a las casas. Entusiasmada corrió a ladrarles con su gruesa voz de perro. Ella no podía notar que al ver a esas gentes tuve un pequeño estremecimiento. Y menos podría haber sabido qué tipo de recuerdos podían gatillar personas que yo ni conocía (menos ella), seguramente debido a que me veía retratado a mí mismo años atrás en el joven que buscó trabar conversación conmigo.

"No me interesa",fue mi fría respuesta, pues sabía muy bien que era la única forma de que no se prolongara la conversación. A pesar de ello, el joven trató de insistir con alguna frase prefabricada y hábilmente aprendida."No me interesa", recalqué. Se despidió amablemente y siguió con la casa siguiente.

Poco detrás se acercaba otra pareja, que al pasar frente a mi casa y al ver a mi perra que aún ladraba animadamente, se detuvieron para hacerme preguntas sobre ella, para elogiar su pelaje, su porte y esas cosas. "Pensar que yo hacía lo mismo" me decía en mi interior.

Mi primer contacto con los testigos de Jehová fue para 1974, cuando una muñeca alemana, que hablaba un español champurreado, tocó a la puerta de mi casa. Mi padre, hombre "culto" a sus ojos y hospitalario como buen sureño, le hizo entrar y la escuchó atentamente. Se dio inicio al correspondiente estudio bíblico en el que participaban sólo mis padres, pues nosotros, dos hermanos, sólo le decíamos "hola tía", un besito y a la otra pieza.

Simpática era la alemancita. A veces se ausentaba un tiempo, pues viajaba a casa de su familia en alemania. Cuando volvía, nos agasajaba con algunos regalos traídos desde allá. El que más me gustó era un juego de fichas de colores, que consistía en tratar de hacerlas saltar a un recipiente del porte de una taza. "Pulguitas" le pusimos. Por esos días nació mi hermana.

Poco avanzaban mis padres en el estudio. Sin embargo al menos les alcanzó para decidir que ya no seguirían siendo católicos. Esto me creó mi primer conflicto religioso... a los 5 años de edad. Es que no estaba muy seguro de que eso fuera lo correcto. Así que acudí a Dios, he hice mi primera y tal vez mi única oración realmente sincera, del corazón, entregado completamente a sus designios: "Dios... yo no creo que esté bien cambiarnos de religión. Pero si esta es la religión verdadera, y estamos equivocados de religión, ayúdanos por favor a cambiarnos. Y si esta es una religión falsa, ayuda a mi mamá para que no se cambie de religión".

Pero mi suerte estaba echada. A pesar de lo irregular del estudio, la alemana volvía con sus revistas y libros de tapa dura. Mi madre no gustaba de leer (aún no estaba muy convencida), pero no le molestaba que nosotros viéramos esa literatura. Aún recuerdo la atracción que me causaba el dibujo de la sección "observando al mundo"... era un dibujo muy simple, siempre en un tono único, pero se veían aviones, trenes, barcos... todo en un icono de pequeño tamaño.

Pasaron algunos años y la alemana no volvió más. Pues no notaba mayor progreso. En una de sus últimas visitas tomó una fotografía a toda mi familia, sentados delante de un bracero. Ella decía que esas cosas no se veían en su país. Así que exportó nuestras imágenes a Europa como una rareza. Cuánta vergüenza tuve una vez que vi la fotografía hecha diapositiva... ahí estaba yo... un chico vergonzoso sentado sobre un sillón de mimbre y con... el cierre abierto... y la maldita foto había sido vista por muchas personas por todos lados!

A pesar de no verse más por mi casa, la alemana había introducido un cambio notorio en nuesta forma de comportarnos, pues de vez en cuando nos llevaban a un salón ubicado en la calle Clorinda Wilshaw, donde me aburría como ostra. Tal vez lo único entretenido de esas ocasiones era cuando un tipo tocaba el piano para que los demás cantaran o la sirena que de vez en cuando se disparaba en un cuartel de bomberos cercano. Lo demás... una lata. Más encima mi padre, con aires de gran señor, se quedaba conversando hasta cuando ya no quedaba nadie. Aún recuerdo un hombre al que le faltaba un dedo. Parecía muy interesado en las cosas que mi padre le decía...

Para cuando cumplí doce años de edad, mis padres fueron contactados por un señor de ese salón. Un hombre de baja estatura y que parecía ser muy sabio. Al poco tiempo lo tenía en mi casa todos los domingos por las tardes. ¡Eso sí que era aburrido! Y ahora sí que íbamos al salón todos los domingos! Y justo a la hora en la que en la TV daban la abeja Maya!... para colmo, mi madre contactó a una vecina que se había casado hace poco para que ella nos condujera un estudio bíblico paralelo a mí y a mi hermana de 7 años.

Esta mujer, sincera de seguro, tenía algunas fijaciones que me molestaban. Por ejemplo, decía que si uno se mordía la lengua debía escupirlo todo y rápido, y que jamás debíamos chuparnos el dedo si nos habíamos pinchado... En fin... nos llenó la vida de reglas curiosas. Al cabo de un año, nos cambiaron de conductor por un joven "precursor". Un tipo más extraño que la vecina, con fijaciones más perturbadoras y que no se molestaba en contar. Este muchacho no sentía ningún remordimiento al decirme que me conducía tan mal que ninguna mujer se fijaría en mí, que parecía un tonto y cosas peores.

A pesar de todo, para cuando había cumplido los 14 años, ya estaba bien convencido de que debía dedicar mi vida a esta religión. Y lo hice. El 22 de Julio de 1984 me bautizaba en el gimnasio municipal de Puente Alto, junto a mi madre.

Nuestro barrio era de una regular pobreza, y nosotros encájabamos a la perfección en él. Con todo, no podíamos decir que eso fuera muy terrible, nunca pasé frío y siempre hubo pan sobre mi mesa. Mi padre era tornero mecánico, mi madre costurera. Mi casa una mediagua de bonita fachada.

Ya no íbamos al salón de Clorinda Wilshaw, pues nuestro conductor, un anciano, había sido asignado a una congregación nueva, que quedaba fuera de nuestro territorio. Por eso, nos reuníamos en esa y durante mucho tiempo estúvimos asistiendo "fuera de territorio". Allí pasé mis primeros años como testigo, predicando a dueños de casa con perros bonitos.

Clorinda era por esos días el centro neurálgico de las actividades de los testigos de Jehová, pues era la sucursal de esta religión en Chile. Por esta razón, en las congregaciones cercanas, como era el caso de la mía, vivíamos rodeados de la creme de la creme de la Watchtower chilena. Teníamos como promedio 4 ó 5 betelitas en nuestra congregación. Yo apreciaba mucho aprender de ellos, pues se manejaban con mucha pericia al hablar y dar discursos. Lamentaba que mi padre no fuera tan espiritual como ellos. Lamentaba que mi padre, a pesar de haberse bautizado, no fuera tan buen padre como enseñaban las revistas.

Como todo testigo joven, me dejaba impresionar de buena gana con la literatura de la sociedad. Me armé una tremenda colección de libros y revistas, de las que no fe faltaba un sólo número del 70 en adelante, y tenía numerosos desde más atrás. Era un lector insaciable de cuanto pudiera caer en mis manos. Esta colección la armé con esfuerzo e ingenio: visitaba a testigos antiguos y me ofrecía a “ordenarle sus revistas” a condición de que me obsequiaran los números repetidos.

Y llegué a caer, como muchos, en la insoportable pedantería de creerme el cuento. Me creía espiritual, me creía "sano". Me señalaban como un ejemplo, en predicar, en el discurso 2, en comportamiento, en asistencia, en todo. La misma fatuidad la manifestaba con creces en el colegio. A pesar de esto, tenia una suerte de convenio conmigo mismo: no creería en nada que no fuera "razonable". Ponía a prueba todo lo que leía, aún si fuera de la sociedad, si el asunto me parecía razonable, me lo creía, si no, seguía investigando. De este modo, llegué a tener algunas divergencias ocultas en mi modo de pensar sobre varios puntos, que esperaba que con el tiempo se allanaran o que "lograría entenderlas", pues, de todos modos, trataba de confiar en que Jehová me daría a su tiempo un poco más de entendimiento. Así fue que me enteré que la sociedad enseñaba una fecha distinta a la de los historiadores para fechar la caída de Jerusalén, en vez del 586/587 generalmente aceptado, nosotros creíamos en que esto ocurrió el 607. Sólo hallé en toda mi enorme biblioteca "teocrática" una sola explicación para esta divergencia, en el libro "venga tu reino", donde se descalificaba de un modo aparentemente muy técnico la forma de fechar el 587. Me quedé con eso, y traté de no darle más vueltas al asunto, al menos durante algunos años.

Mi familia hizo crisis justamente cuando cursaba cuarto año medio, a mis dieciseis años. Gracias a la oportuna intervención del anciano secretario de la congregación (un gringo despistado, que no era capaz de subir a una viejita a su auto ni para ahorrarle 10 cuadras en subida para la predicación), ocurrió que mi familia se quebraba para terminar mortalmente dividida. Hasta se me citó de “testigo” a un comité judicial que envolvía a un anciano y mis padres. Más allá de las razones que hubieron para esto, lo cierto es que me soprendió la frialdad y el desamor que se respira en esos eventos testigos. Claro, yo no estaba siendo acusado de nada, pero el gringo no evitó en ningún momento mirarme con desconfianza, como si yo quisiera ocultar algo, tampoco se molestó en no evidenciar el evidente placer que para él significaba que el anciano acusado “cayera” (claro él asumiría como “presidente de la congregación” poco más tarde que este anciano fuera expulsado por “mentir” ante el comité). El asunto es que tras este episodio -bastante triste, por lo demás-, sólo hubbo preocupación de parte de los ancianos en acallar las críticas y en silenciar a todo aquel que se dipusiera a dudar de lo correcto del comité. Y como he dicho, mi familia recibió en él su golpe de muerte. Los ancianos sólo contribuyeron a que mi madre se sumiera en una gran depresión y a que mi padre terminara apartándose definitivamente de la “verdad”. Curioso, pues mi padre era parte inocente y mi madre sólo era castigada con una “censura pública” por el mismo pecado del anciano: “mentir” a un comité de hombres justos. ¿Qué había pasado realmente? Había ocurrido que el anciano expulsado “cortejaba” solapadamente a mi madre, algo bastante impropio por decir lo menos (él era 30 años mayor que ella!), y se puso de acuerdo con ella para decir cosas distintas sobre sus encuentros... como que no estaban juntos, etc. No hubo prueba alguna que hiciera suponer que habían ido “más allá”. A pesar de ello, se dieron duros discursos a la congregación que no dejaban lugar a las dudas, y de este modo se mancilló de forma gratuita la alicaída reputación de mi madre.

Así, en medio del huracán que azotaba a mi familia, terminaba mi educación media. Cuando la vida se te abre frente a tí para pedirte una decisión, yo no tenía ninguna. Por esos días en mi país aún se tomaba una prueba especial para poder ingresar a la universidad, la famosa P.A.A. (prueba de aptitud académica). Los liceos y colegios de clase medio-baja (como el mío) preparaban intensamente a sus jóvenes para que les fuera lo mejor posible en esa prueba. De todos modos sólo tenían éxito uno o dos por año. El resto... a trabajar o estudiar una carrera corta mal remunerada. Pues bien, en mi colegio hacíamos innumerables ensayos idénticos a la prueba famosa. Ensayos en los que yo, como buen testigo, no me esforzaba absolutamente nada por responder ni prepararme, ya que era muy mal visto entre los testigos de Jehová el dedicarle la vida a este mundo. ¿Cómo podía uno pasar 5 ó 6 años estudiando si Armagedón estaba a las puertas y era mucho más importante salvar vidas? De todos modos me iba muy bien, y siempre obtenía puntajes envidiables, que, de haber dado la prueba, me habrían bastado para estudiar lo que quisiera y donde quisiera.

Pero no iba a dar la prueba. De nada sirvieron las reuniones a las que me citaba el director del colegio, tampoco el esfuerzo del dueño de toda la red (este hombre poseía a lo menos 5 colegios en distintas zonas). "Claro – razonaba – a este hombre sólo le intereso por que cree que voy a salir en el diario".

Así que salí de la escuela sin dar el examen para la universidad, teniendo como única meta la "carrera de precursor de tiempo completo". Así, al año siguiente y por consejo de nuestro antiguo conductor de estudio, brillante anciano, me puse a estudiar... fotografía, en un curso que duraba un año. Era "la mejor carrera, el trabajo ideal para hallar un empleo de media jornada" me decía el anciano consejero, un tipo que tenía como oficio el arreglar artefactos eléctricos.



 

Mi padre era expulsado poco después. Y al poco tiempo también fue expulsado mi hermano. Fue en esos días difíciles que nos trasladamos a la congregación que nos correspondía por territorio. En ella servían varios ancianos “locales” más algunos betelitas que se fueron poco después a Puente Alto. Aquí seguí siendo considerado como el "ejemplo", el "joven espiritual", etc..

Para 1988 ya estaba "titulado" de fotógrafo. Y me empeñé en hallar el empleo de "media jornada". Pero la fotografía no era lo mío. No me sentía a gusto haciendo eso. Como hobby, muy bien, pero como trabajo, no gracias. No tardé mucho tiempo en darme cuenta que eso del empleo de medio tiempo no existía, y mientras no tuviera uno, no sería precursor, pues no me parecía correcto depender de otros en ese asunto. Así pasé un año entero, buscando trabajo en lo que fuera y siendo precursor auxiliar "mantenido". Al cabo de un tiempo, estaba medio sumido en una depresión juvenil. Vivía de noche, despierto hasta las siete de la mañana... pensando... hasta que me encontré un trabajo de digitador por las noches, en una oscura sala donde llegaban bonos del sistema de salud. Una tarea monótona y aburrida. Era un trabajo agotador y por supuesto no me servía para ser precursor.

En enero del año siguiente era nombrado "Siervo ministerial" cuando aún no cumplía los 19 años. De todos modos me atormentaba el que no fuera precursor. Claro, lucía mis galones, pero me faltaba el título de "precursor" para ser realmente completo para Jehová.

Ya para ese tiempo mi exacerbada racionalidad me estaba atormentado. Me parecía poco convincente el argumento que la sociedad usaba para demostrar que estábamos en los últimos días. Eso de "la generación" que no pasaría, y que ya había cambiado de significado varias veces, me parecía débil y abrigaba la certeza de que más temprano que tarde lo cambiarían... o simplemente estaríamos condenados a reconocer que estábamos errados. Claro que estas ideas no las comunicaba pues me parecían un poco fuertes e íntimas. Ya para ese tiempo mi arrogancia era cosa del pasado y enfocaba las cosas con otro criterio, más humano. Me molestaba que todo en la organización fueran "privilegios" y "títulos" y "ejemplos". Me molestaba el contínuo reglismo que venía observando de parte de muchos ancianos, siervos ministeriales, superintendentes de circuito, etc. Todo se podía resumir en reglas. En mis cavilaciones había concluído que la sociedad practicamente no había dejado ningún aspecto de la vida cotidiana sin normar. Me molestaba sobremanera que algunas cosas no se pudieran hacer sin que hubiera el suficiente respaldo bíblico para ello. Por ejemplo, en ninguna publicación pude encontrar alguna explicación acerca de lo inapropiado de usar barba. Sin embargo, nadie la usaba y si alguien llegaba a hacerlo, mejor se olvidara de tener algún privilegio. Tampoco pude entender por qué las hermanas estaban obligadas a usar falda para las reuniones. Esto para mí, no eran más que reglas de hombres, sin fundamento alguno. De todos modos nunca corrí el riesgo de dejarme barba. Y qué decir del aspecto comercial que veía en nuestra obra. No se estimulaba del mismo modo la lectura de la biblia como la colocación de revistas y libros. Me parecía que eso de pedir una contribución de n pesos sólo por la “tinta y el papel” era una mentirilla blanca que no decía toda la verdad. Tampoco me fueron satisfactorias las explicaciones que al respecto se daban en las publicaciones y más molesto se me hacía cuando, como siervo de cuentas, tenía que “estimular” ojalá de modo enérgico que la congregación fuera más generosa... un montón de gente pobre tenía que dar lo que no tenía por la obra.

Otra cosa que me parecía fuera de lugar, era nuestra pretensión de ser los únicos que se salvarían. Eramos unos 3.5 millones de testigos en el mundo, cuando la población mundial rozaba los seis mil millones ¿cómo podía ser posible que TODA esta gente fuera tan mala? Miraba los anuarios y me daba cuenta de que en muchos países de oriente apenas había un testigo entre miles y miles de personas ¿cómo podía el mensaje salvador alcanzar a todos en igualdad de condiciones? Tenía un país en particular como test: Bangladesh, más de cien millones de habitantes y menos de 100 testigos. Era IMPOSIBLE que sólo 100 perosnas pudieran alcanzar las casas de toda esa gente. Esto no era todo, ser testigo activo no era ninguna garantía, porque Jehová era un Dios exigente y si yo estaba en condiciones de dar más y no lo había hecho entonces todo mi esfuerzo sería en vano. Lo mismo si una persona había dado toda su vida a Jehová y después decaía... nada de lo que hubiera hecho serviría si al llegar el fin no se encontraba en "óptimas condiciones" ante Dios.

De todos modos trataba de acallar mis cuestionamientos internos, pues la organización era todo lo que tenía. No podía imaginar mi vida de otro modo.

Para el año siguiente ya estaba dando mi primera conferencia pública. Para el mismo tiempo conocí a una joven publicadora de otra congregación que me llamó la atención por lo distinta. Daba clases de música en su casa y decidí asistir, pues era un gran amante de este arte. Poco después se bautizó.

Comenzamos una relación, de amistad al principio, de "cortejo" después. Algunas suspicacias se estaban levantando en mi congregación por lo "nueva" que era esta chiquilla. Sucede que entre los testigos de Jehová no es "apropiado" el que una persona bautizada y con "privilegios" corteje a una persona que aún no ha dedicado su vida a Jehová, y tampoco se ve muy bien que los más "espirituales" no se busquen como futuras esposas a precursoras. Pero para mí, las precursorasen general pecaban de fatuidad, no sabían hablar otra cosa que de nº horas, nº de revistas vendidas, nº de estudios conducidos, todo era números y temas aparentemente espirituales... de la vida, del arte, libros, de poesía, nada. De hecho, gozaban con la aparente calidad literaria de "Ganastengo" (popular libro de poemas referidos a un testigo poco espiritual de una testiga latinoamericana), un bodrio. Para colmo, aceptaban sin discutir ni chistar el machismo patente de los varones. Eran en su gran mayoría mujeres dispuestas al sometimiento, algo que me desagradaba bastante, pues según mi modo de ver las cosas, lo que la biblia dice sobre el rol de la mujer no tiene por qué significar que estas se rebajen en todo aspecto de sus vidas. Nunca me tragué eso de "la delantera del cabeza de familia", "el rol de la mujer", etc. No quería eso para la mujer que fuera mi esposa, no quería tener a mi lado a una persona que no se valorara lo suficiente, ni que fuera capaz de tener SU opinión de las cosas.

También me puse a estudiar una carrera técnica, mientras seguía trabajando. Me fue difícil, sin duda, pero pude tener una profesión que más tarde me daría un trabajo no tan malo.

Por esos días nuestra congregación, que habí acrecido mucho, tuvo que dividirse, quedando para el “lado mío” sólo dos ancianos. Uno de ellos, el “presidente”, era un hombre de escaso apego a las letras, por decirlo de algún modo, mandón, falto de criterio y de malos modales. El otro, un tipo joven, que fue nombrado anciano a los 24 años o algo así, que se las daba de "consejero" cuando nadie lo buscaba y que se creía ejemplo. Este personaje parecía caminar sobre una nube, todos le parecían débiles y necesitados de SU apoyo. Como era de esperar, llevaban a la congregación con una pasmosa falta de tino y de consideración. Y como es lógico, yo (que a los 23 ya "pintaba para anciano" según algunos), me oponía silenciosamente a sus actos y en silencio también consolaba a los pobres testigos de a pie que eran "golpeados" por su nefasto modo de obrar.

Con mi "polola" habíamos hecho buenas migas con una pareja que se había mudado hacía poco a mi congregación. Esto tampoco resultó ser muy bien visto por los ancianos de mi congregación, que los consideraban unos criticones. En realidad este par de ancianos las emprendían contra todo aquel que tuviera la valentía de enfrentárseles. Y esos eran mis amigos, quienes no soportaban que estos hombres fueran tan golpeadores. Él, un hombre de unos 28 años, bonachón, trabajador, estudioso y "espiritual" había sido precursor y siervo ministerial en la congregación de la cual procedía, donde se había casado con ella, un mujer simpática y sensata, que también era precursora. Algunos asuntos familiares les impidieron seguir con su "privilegio" y se tuvieron que mudar a nuestro territorio. Nunca fue considerado para asignación alguna, tampoco le revalidaron su carácter de ministerial, escudándose en cuestiones de orden administrativo.

Tal vez por estas amistades y por mi modo "amoroso" de tratar con mis hermanos, además de mis contínuos comentarios y discursos en que no me amilanaba en señalar el incorrecto modo de obrar de los ancianos (por supuesto que esto lo hacía de modo muy indirecto, sin mencionarlos a ellos, sólo llamando la atención de cómo no deben hacerse las cosas), estos ancianos me fueron poniendo en "la mira". Me empezaron a citar para "reuniones" en que me trataban de endosar algo malo. Como que intentaban bajarme el ánimo o qué se yo. Lo cierto es que ya se me hacía difícil ir a reuinones tranquilo, pues siempre cabía la posibilidad de que me llevaran a la "sala chica" para interrogarme o criticarme algo. Que yo debía ser un ejemplo, que tenía que ayudar en esto, que mi promedio de horas, que el estudiuo de libro, que esto o esto otro, etc.

No pasó mucho tiempo para que me fueran dejando un poco de lado. Se sentían atacados. Les molestaba además, mi corrección y hasta mi aparente facilidad para las cosas "espirituales".

Y bien... me casé. Por supuesto no los invité a mi fiesta de matrimonio. Tampoco, por supuesto, iba a dejar que esos hombres me dieran mi discurso de bodas. Me imagino que fue la afrenta final. Pues en poco tiempo no me dieron más discursos públicos y me quitaron el privilegio de "siervo de cuentas". Ahora era el "siervo de territorios", una "pega" que no tenía ninguna importancia. Sin embargo, no tenían nada de lo que agarrarse para quitarme mi condición de "siervo ministerial".

Pero no estaba preparado para lo que me iba a ocurrir en el aspecto afectivo.

Ya dije antes que me "casé en la verdad". Y expliqué que mi relación levantó las suspicacias de mis ancianos, pues miraban con cierto reproche que mi escogida no fuese precursora, y más encima que proviniese de otra congregación y para colmo no fuera "muy antigua". A mí eso no me importaba mucho. De hecho, ya he dicho que me molestaba la forma como las precursoras se hacían notar. Eran como eminencias femeninas, de algún modo hacían lucir eso y se hacían las interesantes, las espirituales. Ya por esos días, me movía con otros parámetros con respecto a la espiritualidad, y prefería la compañía de viejecitas reumáticas a la de las brillantes testigas modelo.

En fin... tuve un "cortejo-pololeo-noviazgo" que se extendió por tres años... durante el último de los cuales casi ni nos tocamos para evitar no "pasarnos de la raya". En fin... nos casamos, hicimos una fiestoca testiga muy buena, que francamente disfruté mucho. Todos los invitados, o casi todos, eran testigos. .

Y nos fuimos de luna de miel al sur. Un fiasco, porque allí supe que mi mujer no soportaba la horrenda vista de ciertas partes de mi cuerpo, especialmente cuando éstas partes estaban en estado activo. Me sentí culpable, me sentí caliente, me sentí una escoria. Pero yo amaba a esa criatura, tanto, que era capaz de renunciar a las voluptuosidades de mi carne con tal de estar a su lado. Veía, además, su propio sufrimiento por no sentirse en condiciones de "dar el débito conyugal" (qué nombre más estúpido).

Así pasó un mes... y nada. Entretanto ella se había cambiado a mi congregación, donde parecíamos una feliz pareja que todo el mundo (salvo los ancianos y sus eternos chupamedias) querían. Pero en casa hacíamos crisis. Y siguió pasando el tiempo, y dejamos de tocarnos, dejamos de besarnos, dejamos de abrazarnos, pero nos seguíamos queriendo, como a la distancia.

Al tercer mes estábamos delante de una sexóloga (o sea, una sicóloga dedicada a unir parejas donde no había sexo o este era malo). Esta buena mujer se dio cuenta de que eramos unos ineptos desde todo ángulo, y nos dio tareas de "acercamiento", que cumplimos las tres primeras sesiones, hasta que en medio de una de ellas, reventamos en una pelea, donde mandamos a la sicóloga, a la vaselina y a todo lo demás al tacho de la basura. Para este tiempo mi asistencia al salón era un tanto irregular y los pocos discursos que aún me asignaban para las reuinones de semana apenas los preparaba. Salía a predicar con renuencia y mis estudios bíblicos se empezaron a acostumbrar a que no apareciera algunas semanas por sus casas.

A los seis u ocho meses de estar casados, volvimos ante la sicóloga. Pero esta vez, me notó deprimido (y lo estaba, mucho) por lo que me derivó a una psiquiatra, una viejita de voz pausada que parecía tenerme mucho aprecio...

Esta mujer me mandó a hacerme gran cantidad de exámenes. Me dio remedios (litio y otras cosas) y me ordenó dormir temprano ( a las diez tenía que estar en cama). Ya por esos días no iba a ninguna reunión, pues aparte de hacer crisis en mi matrimonio, también había terminado de hacer crisis con los ancianos, me arrancaba de ellos y me sentía perseguido. Hasta me había tenido que tragar un par de esos discursos "con nombre" en las reuniones de servicio. Por lo que mi vida consistía en levantarme para ir a trabajar, llegar a mi casa, acostarme, dormir y levantarme otra vez para el trabajo. Los fines de semana no me levantaba simplemente, no me podía el cuerpo. Se me habían juntado todas las cosas. No me sentía cercano a Dios ni a la congregación, ni a los hermanos, por ningún motivo a los ancianos y tampoco a la mujer que más quería en mi vida, pues la seguía amando y me cortaba ambos brazos por ella si me lo hubiera pedido.

Un Domingo, como a las una de la tarde aparecieron los ancianos por mi casa. Algo inusual, pues era la primera vez que hacían el esfuerzo por ir hasta allí, pues vivía en el extremo más alejado del territorio. Antes, sólo se limitaban a esperarme en el salón cuando querían decirme algo o citarme en sus propios domicilios. Yo estaba en cama, deprimido y francamente no quería saber nada de ellos. Así que le pedí a mi esposa que me excusara, que no los atendería. Ellos insistieron, así que ella los dejó pasar. Así y todo no me levanté y eché llave a la puerta de mi dormitorio. Mi esposa se las ingenió para abrir la puerta y tuve al par de venerables en medio de la intimidad de mi espacio privado. Me hundí en las sábanas, me cubrí con el plumón y simplemente no les dí atención alguna. Para colmo, estos hombres, hijos del desatino, igual empezaron su sermón. "Hola hermano, estamos preocupados por tí, pues no te hemos visto últimamente en el salón" empezó el más joven, el que andaba sobre una nube. No hubo respuesta de mi parte. "Queremos saber por qué no has ido a conducir tu estudio de libro, no nos has avisado ni presentado excusa alguna" terció el otro, fiel a su modo tosco y desamorado de conducirse. Tampoco respondí esta vez. Ya me quedaba claro que estos hombres no tenían interés alguno en mi persona, sino sólo en si iba o no a hacer lo que se esperaba que yo hiciera, en independencia de cómo me sintiera o qué me estuviera pasando. Me sometieron al vejámen de hablarme como media hora, tiempo durante el cual estuve tapado con mis frazadas, contando cada minuto en espera de que me dejaran tranquilo. No sé qué otras cosas habrán dicho, lo cierto es que yo vagaba a miles de kilómetros de distancia, mentalmente me había evadido. Esta fue la última vez que supe de estos hombres. Nunca más los volví a ver. Nunca más, por cierto, me visitaron, tampoco me llamaron a mi trabajo, ni me dejaron más recados, ni nada. Esto me fue un gran alivio, pues hasta tenía pesadillas donde estos hombres me perseguían y me enrostraban.

Como era de esperar, un mal día mi esposa me pidió que me fuera. O eso creo que fue lo que me quiso decir. Llevábamos 1 año y dos meses de casados.

Era un zombi. Caminaba como flotando todos los días. Me sentía desgraciado. Con todo, me armé de fuerzas para buscar casa. Terminé arrendando una pieza a una mujer que vendía AFP en el metro "Las Rejas". Para allá me fui. Sólo me llevé mi computador, mi "perspicacia", mi biblia "interlineal", mi otra biblia "de lujo", mi maletín, un par de platos que me metió mi suegra entre mis ropas y mi radio. No le avisé a nadie, ni a mi madre. Desaparecí. Dejaba atrás todas las penas que me daban los ancianos, algunos hermanos y mi amada esposa. Era el 23 de diciembre de 1995.

Imagino, que de haber estado en mejor posición espiritual, jamás me habría ido. Pero lo cierto es que estaba muy cansado de los malos tratos de parte de los ancianos y sus maquinaciones absurdas en mi contra y también para con otros fieles hermanos de la congregación. No podía entender que Jehová permitiera que en “su pueblo” existiera un trato tan denigrante y hasta grosero para con personas sinceras. Muy por el contrario, a pesar de no estar en posición para erigirme como juez de nadie, sí sentía que estos hombres y sus acólitos abusaban con amplia libertad de sus posiciones de poder, y hasta parecía que disfrutaban de ello.

Y pasaron tres meses. Me fui de lka pieza que habitaba con otra niña que le arrendaba otro cuarto a la vendedora de AFP, para arrendar nosotros un departamento entre los dos. Por favor, no imaginen nada "incorrecto". Yo aún era fiel y la niña esta no me gustaba para nada. No era más que un negocio para tener donde vivir. Ella vivía encerrada en su cuarto y yo en el mío. A fin de mes le tocaba la puerta, sacábamos cuentas, dividíamos por dos y pagábamos el arriendo, el gas y el agua al día siguiente. Así pasó un año y yo seguía estúpidamente fiel a mi esposa, "casto". Ya contaba con unos veintiseis años y seguía siendo un virginal TJ en mis actos, pero no en mi cabeza. A esas alturas la organización no significaba nada para mí. Había terminado de convencerme de que había estado viviendo en un error mayúsculo y elucubraba en mi mente que la sociedad terminaría por desechar la doctrina de la generación de 1914 y no por nueva luz, sino por simple conveniencia (no tenía ni idea de que ya lo habían hecho mientras yo tomaba litio en lo peor de mi depresión). Y pasó otro año.

Hasta que un día, mi hermana me fue a ver a mi departamento con una de sus amigas. Una sureña no precisamente rubia, ni precisamente hermosa. Más bien, una tipeja medio califa que algo vio en mí. Al poco tiempo nos estábamos besando y toqueteando. No es que haya visto algo muy interesante en ella. NO. Lo mío no era otra cosa más que DESPECHO. Con ella me terminé de dar cuenta de que no era YO el del problema sexual en mi matrimonio. Con ella me terminé de curar de todas mis dudas sexuales. Con ella aprendí a usar los condones y a callarse la boca para no despertar a nadie. Estuve un mes entero sacudiéndome de toda mi virginidad con esta mujer. Hasta que ocurrió lo que no me imaginé que pudiera suceder: se empezó a encariñar conmigo, empezó a hablar de venirse a vivir conmigo. No le dí mucha importancia al asunto, hasta que pasaron algunos meses, y me dí cuenta de que la cosa se ponía color de hormiga y le pedí no vernos más. No le deso a nadie, por nada del mundo que viva el terror que entonces comencé a vivir: ella llegaba a mi departamento, se peleaba con mi co-arrendataria, y se dormía en mi cama, no sé si drogada o bebida o simplemente apenada. Yo me arrancaba a la hora de almuerzo de mi trabajo para sólo ver si no se había suicidado en mi cama. Así fue por un par de semanas. Hasta que le tuve que pedir, por favor, que termináramos de una vez con todo este embrollo.

Afortunadamente la cosa quedó ahí. Se volvió a su Sur a terminar su carrera de derecho en Valdivia.

Me juré y me recontrajuré, nunca más en mi vida usar a ninguna mujer por despecho. Me sentía una rata.

Me inscribí en la universidad el año 97. Era mi karma, un allaga que llevaba durante mucho tiempo. Sabía que había ocmetido un error mayúsculo en mi juventud, trataba de remediarlo, aunque fuera tarde. Así que trabajaba de día y estudiaba de noche. Tenía que recuperar de algún modo los años perdidos.

Y me puse a chatear. Empecé a conocer amigos. Empecé a organizar encuentros. Había de todo, pobres, cuicos, de izquierda, de derecha, jovenes, no tanto. Mi vida florecía otra vez. Mi departamento pasaba lleno de gente. Algunos eran unos pelotas, otros unos pelmazos, pero en fin... no aspiraba a mucho, sólo a vencer o mitigar la terrible soledad que me seguía a todas partes. Y algo hacía el chat.

Hasta que conocí a una pareja de recién casados que vivían en Apoquindo. Había pasado otro año.

Ella me vio como su principito y me regalaba chucherías, al tiempo que me regaloneaba con cursilerías de mina tonta. Era bella, muy bella. Y su marido, mi amigo.

Me quemaba la garganta por besarla, y ella parecía querer lo mismo. Yo solo pensaba en mi amigo, y en ella. No sé de donde saqué la fuerza para resistir a la tentación de poseerla. No es que me sintiera el semental que todo puede. Aún dudaba de mis dotes. Pero, sabía al menos, que yo "podía". Pero me abstuve, fui leal a mi amigo que era un santo.

Como debe ser bastante claro, mi vida era un dar tumbos y tumbos. Era inexperto con las mujeres. No sabía que diablos buscaban ni cómo se hacía para seducirlas. Me "había tocado" que dos me "pescaran", pero no era que yo las hubiera seducido. Por esos días, el único amigo que sobrevivió a mi ida, uno que nunca pude convencer que se hiciera testigo (gracias a dios!), me decía que según sus cálculos, ambos nos quedaríamos eternamente solos, pues curiosamente, ambos teníamos historias muy parecidas en lo sentimental.

Abril de 1998, me invitan a una "reunión de chat" para comer sopaipillas y tomar "navegao" en calle Merced, pleno centro. No conocía a nadie, pero me entretuve. Todo bien hasta que me llamó la atención una fémina de baja estatura y especialmente contemplativa. Un loco se las dio de musicólogo y se puso a mostrar toda su gran colección de discos. Ella estaba como en las nubes con ciertos temas de Mussorsgky (mi favorito) y más todavía con otros de Rimsky-Korsakov... me llamó la atención y me animé a pedirle su e-mail. Al poco tiempo tenía su teléfono y la estaba invitando a tomar leche con cacao a mi casa. Por favor, No la invitaba a "tomar un trago en el barrio suecia o bellavista", sino a mi casa a tomar "leche con cacao"... qué suerte de pelotudo era yo! Sin embargo, ese candor increíble fue lo que más le atrajo de mí. Esa pureza que me brotaba por cada uno de mis poros le había seducido. Ella fue quien me dijo que yo parecía un recién llegado a este mundo. Y era cierto, toda la historia de mi vida que me permitía contar no era de antes de 1995, y en esa historia no había una sola palabra para los testigos de jehová.

Así nació un romance que duraría dos años... ya me sentía normal. Ya no era un individuo depresivo e inseguro. Era amado nuevamente, y amaba con fuerza a esta mujer que parecía haber salido de un cuento de las mil y una noches... era un todo etéreo que pululaba en mundos paralelos y que de vez en cuando se dejaba caer por mis parajes para regalarme una caricia o una sonrisa cómplice. Mi vida transcurría feliz y era ya un ser "normal".

Pero apareció mi ex-esposa. Me buscaba hace tiempo para preguntarme si aún la quería. Para tantear si yo aún amaba a Jehová, y para decirme que los ancianos "habían cambiado". Le expresé todas mis certezas sobre el error de la Organización, claro que tiritando de los nervios al declarar por vez primera y en voz alta que ya no creía nada de lo que antes me especializaba en predicar. Le hice notar que no era posible que el fin estuviera "tan cerca", que lo de la generación por fueza tendría que cambiar... y, me dio la estocada final!: brillaban sus ojos cuando me contó que "eso había cambiado!", luego, ya no tendría que preocuparne por cálculos errados de la sociedad, porque ellos todo lo habían arreglado al "darle más tiempo a este sistema de cosas". Me hirvió la sangre ante tanta tontera junta... tenía ya suficiente de esta organización...

El hecho es que me fui arreglando de a poco... mis inseguridades fueron desapareciendo paulatinamente. Estuve caminando como traumado por un buen tiempo. Pero a la larga, y de algún modo, fui capaz de hacer una vida más o menos normal. Metí las patas varias veces, y me tuve que volver a coser el corazón otras tantas. De hecho, la mujer de mi última relación se terminó casando con un judío (de verdad) en gringolandia y yo solo de nuevo. Al fin terminé conociendo a una mujer estupenda que hasta hoy está conmigo y con quien hasta ahora tengo una vida plena y quien, ni en sus peores sueños podría haber imaginado que esa persona tan segura de sí misma, tan firme en sus convicciones, fue alguna vez un testigo de Jehová.

¿Cómo pude lograr equilibrio en mi vida después de una experiencia que se podría catalogar a lo menos como “traumática”? No es una pregunta sencilla. Y debo decir, que hasta hoy me sorprendo a veces de haber dejado atrás todo ese sufrimiento. Quizás, algo de ello se deba a que en algún momento “decidí” que no me afectaría con los golpes que la vida me diera. Tal vez, el vivir ateniéndome a “mi” verdad y a “mis” principios me allanó el camino para encontrar la llave a la felicidad o a algo que se le parece mucho. No niego que a veces desearía nunca haber sido testigo de Jehová, mi vida hubiera seguido otro camino mucho más “normal”... tal vez. Pero las cosas son como están, y lo que ha pasado ya ocurrió. Por ahora sólo me preocupa mi vida actual, mi felicidad junto con la amada mujer que me acompaña, que me cuida, que cuando estoy enfermo me regalonea como a un niño. Me preocupa mi perrita, dulce como solo puede serlo un perro leal y cariñoso, que me trae sus juguetes para sólo estar conmigo y que no se atrevería a cuestionar nada de lo que yo hiciese. ¿Qué más puedo pedir?

No, no hay una receta para “pararse” de los traumas post-secta testiga. Sólo nos queda decidirnos a vivir vidas reales, decidirnos a dejar atrás un esfuerzo vano e infructífero, para vivir en pos de aquello que es realmente valioso: la familia, la vida, uno mismo.

Es en estas circunstancias, que me da un cosquilleo en el estómago al ver a los jovenes testigos desperdiciando sus vidas de casa en casa. Entregando su juventud y sus energías a una causa de carácter económico, donde las personas como tales no son más que números y donde las personas valen según sus obras y no según sus verdaderas identidades. Donde el pensar distinto es un delito y donde ser feliz es solo una triste y lejana ilusión

 
 
 
     
     
     
 
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